¿La medallas significan algo o son puro marketing?

La verdad sobre las medallas del vino

Si alguna vez has estado frente a un anaquel lleno de botellas, seguramente te ha pasado.

Tomas una botella. La giras. Y descubres una pequeña medalla dorada pegada en la etiqueta.

"Oro". "Gran Oro". "Double Gold". "95 puntos".

Y entonces surge la pregunta:

¿Eso significa que estoy frente a un gran vino?

La respuesta corta es: sí. Y no.

Porque la realidad es mucho más interesante de lo que parece.

Lo primero: las medallas no se regalan

Existe la idea de que los concursos de vino son simplemente una estrategia de marketing.

Y aunque hay certámenes más rigurosos que otros, la mayoría de los concursos importantes sí implican una evaluación seria.

Detrás de cada medalla suele haber paneles de sommeliers, enólogos, compradores, periodistas especializados y jueces con años de experiencia.

Las catas normalmente son a ciegas.

Es decir, los jueces no saben qué vino están probando. No conocen la marca. No conocen el precio. No conocen la bodega.

Solo tienen una copa frente a ellos y deben evaluarla.

Eso significa que una medalla sí representa algo:

Un grupo de expertos encontró cualidades destacables en ese vino.

Entonces... ¿una medalla garantiza que te va a gustar?

No.

Y aquí está la parte que pocas veces se explica.

Los concursos no premian el vino que más te gustará a ti.

Premian el vino que mejor cumple ciertos criterios técnicos y sensoriales.

Es parecido a la música.

Un álbum puede ganar un Grammy y aun así no convertirse en tu disco favorito.

No porque sea malo.

Simplemente porque el gusto personal sigue existiendo.

Con el vino ocurre exactamente lo mismo.

No todos los vinos compiten

Hay algo más que vale la pena mencionar.

La ausencia de medallas no significa ausencia de calidad.

De hecho, muchísimos vinos extraordinarios nunca participan en concursos.

¿Por qué?

Porque concursar cuesta dinero.

Hay cuotas de inscripción, envío de muestras, logística y tiempo.

Para una gran bodega eso puede ser parte natural de su estrategia comercial.

Pero para muchos productores pequeños simplemente no es una prioridad.

Algunos prefieren invertir ese presupuesto en el viñedo.

Otros en barricas.

Otros en mejorar sus instalaciones.

Y algunos, sencillamente, producen tan pocas botellas que venden toda su producción sin necesidad de participar en certámenes.

Por eso, juzgar un vino por no tener medallas puede ser tan injusto como asumir que una película es mala porque nunca ganó un Oscar.

A veces simplemente decidió no competir.

La parte incómoda: no todos los concursos son iguales

Y aquí viene una verdad que rara vez se menciona.

No todos los concursos tienen el mismo nivel de prestigio, rigor o credibilidad.

Existen certámenes con décadas de historia, metodologías muy estrictas y jueces reconocidos internacionalmente.

Pero también existen concursos cuyo modelo de negocio parece depender más de vender inscripciones y medallas que de construir prestigio.

Y eso no significa necesariamente que sean fraudulentos.

Pero sí significa que una medalla, por sí sola, no cuenta toda la historia.

Cuando veas una botella premiada, vale la pena hacer una pregunta adicional:

¿Quién otorgó esa medalla?

No es lo mismo una distinción obtenida en un concurso internacional altamente competitivo que una conseguida en un certamen poco conocido con escasa participación.

La medalla importa.

Pero también importa quién la entrega.

Lo que una medalla sí te dice

Una medalla puede ayudarte a reducir el riesgo.

Es una señal de que alguien ya probó ese vino y encontró calidad en él.

Especialmente cuando proviene de concursos con prestigio reconocido.

No garantiza que será tu favorito.

Pero sí aumenta las probabilidades de que encuentres una botella bien elaborada.

Lo que una medalla no te dice

No te dice si combinará con la comida que vas a preparar.

No te dice si encaja con tus gustos personales.

No te dice si prefieres vinos ligeros o potentes.

No te dice si te gustan más los vinos frutales o los vinos con mucha barrica.

Y tampoco te dice si vivirás un gran momento al abrirla.

Porque ninguna medalla puede medir eso.

La mejor herramienta sigue siendo tu curiosidad

Las medallas pueden ayudarte a descubrir vinos.

Pueden orientarte cuando te enfrentas a una etiqueta desconocida.

Pueden reconocer el trabajo de productores que hacen las cosas extraordinariamente bien.

Pero jamás deberían convertirse en la única razón para elegir una botella.

Porque algunas de las mejores experiencias del vino ocurren justamente cuando nos atrevemos a probar algo que nunca habíamos visto.

Una etiqueta desconocida.

Una región de la que nunca habíamos escuchado hablar.

Un pequeño productor que todavía no aparece en las guías.

Un vino sin medallas.

A veces encuentras un vino premiado.

Y a veces encuentras una joya escondida.

Lo importante es seguir explorando.

Porque el mundo del vino es demasiado grande para beber únicamente aquello que ya fue aprobado por alguien más.

Entonces, ¿debemos ignorar las medallas?

Yo diría que no.

Las medallas son herramientas.

Ni más.

Ni menos.

Pueden ayudarte a descubrir vinos.

Pueden orientarte cuando no conoces una región o una bodega.

Pueden reconocer el trabajo de productores que llevan años perfeccionando su oficio.

Pero nunca deberían reemplazar tu propio criterio.

Al final, la mejor botella no es la que tiene más medallas.

Es la que disfrutas volver a servir.

Y quizá la mejor enseñanza sea esta:

Las medallas pueden señalar el camino. Pero la curiosidad sigue siendo el mejor catador.

Salud.

— Eder el de los Vinos