Tu vino está vivo... incluso después de meterlo en una botella

Tu vino está vivo… incluso después de meterlo en una botella

Hay algo fascinante que sucede cuando una botella de vino sale de la bodega.

Uno pensaría que ahí terminó todo.

Se cosechó la uva, fermentó, pasó quizá por barrica, el enólogo hizo su trabajo, se embotelló, se puso el corcho y listo.

Se acabó la historia.

Pero no.

En muchos vinos, apenas comienza otro capítulo.

Porque dentro de esa botella aparentemente inmóvil siguen ocurriendo cambios químicos durante años. El vino que compras hoy puede no ser exactamente el mismo que abras dentro de cinco, diez o veinte años.

Y eso explica algo que seguramente has escuchado muchas veces:

“Este vino todavía está muy joven.”

Pero… ¿qué significa realmente?

Primero: el vino no mejora necesariamente con los años

Hay que romper uno de los grandes mitos del vino.

Viejo no significa mejor.

De hecho, una enorme cantidad de los vinos que se producen en el mundo están hechos para beberse relativamente jóvenes.

Un vino necesita ciertas características para poder evolucionar favorablemente durante muchos años: suficiente acidez, concentración, estructura tánica en el caso de muchos tintos, equilibrio y, dependiendo del estilo, azúcar o alcohol también pueden ayudar a su longevidad.

Podríamos pensar en ellos como parte de la estructura que permite que el vino resista el paso del tiempo.

Si esa estructura no existe, guardar una botella durante veinte años no la convierte mágicamente en una joya.

Puede simplemente convertirla en un vino viejo.

Entonces… ¿qué sucede dentro de la botella?

Aquí empieza lo interesante.

Con el tiempo, los componentes del vino continúan reaccionando entre sí.

En los tintos, por ejemplo, los taninos y los pigmentos pueden ir formando moléculas más grandes. Algunas terminan precipitando y formando ese sedimento que encontramos en botellas viejas.

Por eso un Cabernet Sauvignon joven puede sentirse poderoso, secante y hasta agresivo…

y años después sentirse mucho más sedoso.

No desaparecieron mágicamente los taninos.

Se transformaron.

También cambia el color.

Los tintos jóvenes suelen tener tonos violáceos, púrpuras o rubí intensos. Con los años comienzan a evolucionar hacia granate, ladrillo e incluso tonos marrones.

Los blancos hacen prácticamente el camino contrario: pueden pasar de colores muy pálidos hacia dorados cada vez más intensos.

Pero quizá el cambio más espectacular sucede en los aromas.

La fruta también envejece

Piensa en un vino joven.

Puede oler a cereza, frambuesa, mora, durazno, cítricos o flores.

Con los años, esos aromas primarios pueden comenzar a transformarse y aparecen otros mucho más complejos.

Cuero.

Tabaco.

Hongos.

Tierra húmeda.

Frutos secos.

Miel.

Especias.

Hojas secas.

Es ahí donde mucha gente descubre por qué algunos coleccionistas están dispuestos a esperar años por una botella.

No necesariamente porque el vino se vuelva “más rico”.

Sino porque se vuelve diferente.

Un gran vino añejado puede convertirse prácticamente en otra experiencia.

¿Y el corcho deja entrar oxígeno?

Aquí hay otra conversación interesante.

Durante años se explicó el envejecimiento del vino diciendo que el corcho permitía una pequeñísima entrada constante de oxígeno.

Hoy sabemos que la historia es bastante más compleja.

Sí puede existir transferencia de oxígeno dependiendo del cierre, pero muchas de las reacciones de envejecimiento ocurren con cantidades extremadamente pequeñas de oxígeno y algunas continúan incluso en condiciones prácticamente reductoras.

Lo importante es entender esto:

Una botella cerrada no es químicamente un lugar muerto.

El vino continúa evolucionando.

Lentamente.

Muy lentamente.

Pero hay un enemigo capaz de acelerar todo

La temperatura.

Una botella almacenada correctamente puede evolucionar durante años.

La misma botella guardada durante meses en un lugar demasiado caliente puede deteriorarse muchísimo más rápido.

Y peor todavía son los cambios constantes de temperatura.

Por eso cuando alguien compra una botella vieja, una de las preguntas más importantes no debería ser únicamente:

“¿De qué año es?”

Sino:

“¿Dónde estuvo todos estos años?”

La procedencia de una botella puede ser tan importante como su añada.

Existe un momento mágico… y después viene la caída

Imagina la evolución de un vino como una montaña.

Primero asciende.

Los componentes empiezan a integrarse, los taninos se suavizan, aparecen nuevos aromas y el vino gana complejidad.

Después puede llegar a una especie de meseta.

Su momento de mayor expresión.

La famosa ventana óptima de consumo.

Pero eventualmente comienza el descenso.

La fruta desaparece.

Los aromas se apagan.

La estructura pierde fuerza.

Hasta que un día abres aquella botella que guardaste durante décadas esperando “el momento perfecto”…

y descubres que el momento perfecto ocurrió hace diez años.

Y aquí está probablemente la lección más importante de todo esto.

El vino no es inmortal.

Incluso las grandes botellas tienen una vida.

Por eso coleccionar vino no consiste solamente en saber qué comprar.

También consiste en aprender algo muchísimo más difícil:

saber cuándo abrirlo.